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Misa con jóvenes del Apostolado de la Cruz – 5 de mayo de 2017

Hermanas y hermanos no se de que hablarles, porque sé que son muy doctos y ya llevan un largo camino, un recorrido en el Apostolado de la Cruz; sé que hoy algunos inician su compromiso. Hoy hemos oído que el Señor nos ha dicho muchas cosas que son necesarias en su Apostolado de la Cruz.

¿Qué ha significado para ustedes el Apostolado de la Cruz? Creo que ha sido un itinerario de vida cristiana, porque la cruz siempre evoca el seguimiento. Jesús dijo a sus discípulos “el que quiera seguirme que tome su cruz de cada día, que renuncie a sí mismo y me siga”. Para ustedes el Apostolado de la Cruz los ha puesto frente a su vocación de discípulos seguidores de Jesús. A lo largo del camino que lleva cada uno ha ido descubriendo la importancia que ha sido asumir la propia cruz con amor y con la gracia del Espíritu Santo. La cruz de Cristo no se puede aceptar sin amor, sin amor es signo de condena, es signo de perdición, es signo de sufrimiento; el Apostolado de la Cruz se vive en el amor y gracia del Espíritu Santo, la cruz entonces se convierte en la cruz gloriosa de Resurrección.

Sólo el cristianismo tiene frente a el un signo aparentemente contradictorio. Normalmente todas las religiones son de prosperidad, prometen siempre una vida en paz y tranquila, prometen éxitos en el amor, éxitos en el dinero y en la salud. Sólo nosotros los cristianos somos llamados al realismo de la cruz, al realismo de nuestra vida; aprendemos y ustedes han aprendido poco a poco aceptar la verdad de la propia vida, aceptar que con Jesús el “yugo es suave y la carga ligera”. Ese caminar que han ido realizando en el Apostolado de la Cruz les ha fortalecido, ustedes han descubierto la verdad misma del Evangelio: la cruz es signo de victoria no de derrota, aparentemente el crucificado es un hombre sin éxito, aparentemente es un derrotado histórico: la cruz es signo de contradicción, y para nosotros signo de muerte y de resurrección.

Hoy la Palabra de Dios nos ayuda a entender esto. Hemos leído en el libro de los Hechos de los Apóstoles  la vocación de Saulo, del apóstol san Pablo, que consiste en un encuentro misterioso con el Señor en el que el perseguidor se convierte en seguidor, el enemigo se hace amigo, el ciego comienza a ver; aquel que no entiende comienza a pensar, comienza a reaccionar. Esa es la vocación, dice la Palabra que cuando Pablo oyó la voz de Cristo que le pregunta “¿por qué me persigues?” cayó rostro en tierra, y ahí comienza su crecimiento, cae rostro en tierra, tiene los ojos abiertos pero no ve, es un ciego, aparentemente ve pero no entiende. Los que hemos leído el Evangelio podemos comprender estas palabras: hay algunos que ven pero se vuelven ciegos, pero también hay muchos ciegos que logran ver. Esa es la vocación de san Pablo que nace del encuentro con el Señor, ese encuentro que lo derriba de sus alturas y lo hace tocar piso, acercarse a su realidad. Jóvenes: somos polvo, ahí comienza nuestra vocación, somos gusanillos de la tierra, pero el Señor nos llama, el Señor nos levanta, el Señor nos anima y nos da esperanza.

En el Evangelio, en este sermón en la sinagoga de Cafarnaum, la palabra que se repite es vida, vivir, todo el campo semántico que tiene que ver con la vida de muchos modos y de muchos ángulos: desde la comida, el pan, la cercanía con el Señor. Ustedes han ido descubriendo a lo largo del tiempo que la cruz de Cristo es signo de vida, por eso la cruz les lleva a la Eucaristía, por eso la cruz les lleva a descubrir su sacerdocio: hombres y mujeres al servicio de la cruz de Cristo; hombres y mujeres que descubren su consagración, su vida en Dios, en Cristo. Hoy decía el Señor “el que come de mi carne y bebe de mi sangre tiene vida eterna”. En el Apostolado de la Cruz les han ido ayudando a descubrir la teología de la Eucaristía en la que Cristo es sacerdote, víctima, hostia o alimento, en la cual se vive y se fortalece la vida cristiana.

Todo cristiano esta bajo tres códigos de conducta: el Evangelio, la Eucaristía y la caridad con los pobres, quiero animarlos a seguir adelante y vivir su vocación de seguidores, su misión de la cruz de Cristo. “Yo no tengo otra cosa que predicar sino a Cristo crucificado”, ese es el lenguaje del cristianismo, la experiencia del hombre de fe.

La vida es siempre de doble cara: por un lado la alegría, la vida; y del otro la muerte y el sufrimiento. Pero quien camina con Jesús entiende su vida comprende su muerte; asimila los sufrimientos y disfruta los gozos y alegrías. Hay que seguir caminando. A Cristo sólo se le encuentra en el camino aunque sea un camino equivocado o con otra intención. Caminar como san Pablo. Los cristianos somos los seguidores del camino porque Cristo ha dicho que Él es el camino, la verdad y la vida. El Papa nos dice que hoy el mundo es como un hospital, porque donde quiera hay sufrimiento y muerte; pero ustedes tienen una palabra milagrosa: la cruz de Cristo, hay que entenderla, comprenderla amarla y servirla. Que Dios les de el ánimo de seguir adelante y de trabajar intensamente.

Puedes ver el video de la Homilia aquí: https://youtu.be/JbivkqYH43Q

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